30.03.2019 al 04.05.2019

Luis Poirot

Contracorriente

Pienso en mi padre, que a contracorriente partió en enero de 1941 unirse en Londres a ese escaso número de los llamados Franceses Libres, el bando de los perdedores del momento, pero que recuperarían la libertad y la dignidad de su país.
En diciembre de 2016 escribí unas palabras como declaración de intenciones de unas fotografías que iba a tomar y esta muestra es el resultado de ese encuentro con esa realidad.
Los rostros revisitados fueron la constatación del paso del tiempo en el mío. Un retrato, como siempre, se convirtió en un autorretrato y un inventario de los sobrevivientes. Quise también encontrar a otras generaciones, afirmar que el tiempo no se detenía en la mía y que este torrente de vida continuaba inevitablemente.Entonces, como parte del conocimiento que debía adquirir para dialogar con esas miradas, recorrí obras de creación que desconocía, diálogo que posibilitó la existencia de aquellos retratos. Aprendí el coraje de Daniela. Pablo, director de cine que no ha vivido mi época, pero se refiere a ella lúcidamente, García Alix, fotógrafo español obsesionado por Valparaíso, Roberto Merino, escritor que me revela el Santiago que amo, Graciela, que en el apogeo de su talento nos dejó sus imágenes y el calor de su amistad,, Ralph en París, un desencanto ver su trabajo reciente, mis hijas Aurora e Isabel en la intimidad de mi habitación de trabajo, tan diferentes una de otra pero en las que a ratos me reconozco, Tito y Amparo revisitados con alegría como a Miguel Littin sentado en el mismo sillón en que hace unos años fotografié a Raúl Ruiz.
Zurita en el patio de su casa, Germán que perseguí por meses y el día señalado la cámara se negó a funcionar, Pin y Julio entrañables un sábado a mediodía compartiendo historias y afecto, Alejandro Sieveking en el Forestal donde lo fotografié allá por 1966 con Víctor Jara y otros que ya partieron, los poetas Hahn y Silva que expresan aquello en que no encontramos palabras, Guillermina, en la que reviví gestos de su padre Nemesio, Cohen que continua siendo actor aún si escenario, Joan Jara y el dolor de la dignidad abrazando al ausente, Violeta luchando contra sus molinos, Miguel, amigo que me hace falta desde que partió a Bruselas, Elicura, Langlois, Simonetti, puertas recién entreabiertas, Víctor Saavedra en su galería de Barcelona donde nos ha acogido a Fernanda y a mí, Cicali, amplio y generoso, Conchita con las presencias de José y Juan Carlos en los rincones de su taller, Francisca y su Run Run que ya es sólo de Violeta, las ironías de ácida lucidez de Gumucio y Pato Fernández, la plenitud en Mariana y la belleza crepuscular de la señora de Las Rosas, Hugo Marín y los inquietantes habitantes de su taller, Sergio Parra poeta secreto, Camila y Amparo con su juventud transparente, Bertoni en un caos que da sentido a la creación, y Fernanda por supuesto, Fernanda en París, Santiago, Pisco, Bucalemu y Siena, acompañando este viaje de siete meses. Desde hace más de treinta años tenía en la retina ciertos lugares de Barcelona, ciudad que me había acogido durante una década. La calle Aurora y el Distrito Quinto, barrio bravo del puerto y donde estaba el lugar en que había enseñado fotografía. Abriéndome paso entre la multitud de turistas que bajaban por Las Ramblas, que teléfono en mano registraban todo inútilmente, comprobé con pesar como esas ramblas no eran aquel paseo de los barceloneses; desaparecieron los puestos de revistas y diarios internacionales, las flores y los pájaros exóticos. Sólo quedaban puestos que repetían hasta el cansancio recuerdos turísticos seriados y desangelados. La calle Aurora había sido limpiada y ensanchada, ahora entraba la luz y el sol a torrentes, pero había desaparecido la atmósfera que la hacía única, misteriosa y con un algo peligroso. Sólo encontré un portal con algo de esa ciudad al interior de otra. Aquel depósito de maniquíes averiados que había fotografiado en los 80, sin percibir que lo que hacía era recrear un campo de concentración como los de Alemania y los de Chile de aquel tiempo, ya no estaba, ni tampoco los maniquíes con aquella fisonomía humana que los hacía perturbadores.
Pero encontré otros lugares, una panadería cerca de La Pedrera, en plena faena en mitad de la noche, un centro de fotografía insospechado y otros rincones infotografiables, pero que están en mi memoria y que volveré a visitar. Una ciudad que era otra, pero la misma. Quizás como acontece conmigo.
En Santiago encontré lugares que dan cuenta del horror de la dictadura y La Moneda, La Moneda que habíamos conocido como un gran espacio ciudadano donde se congregaba la multitud a dialogar con sus presidentes asomados a su balcón y después destruida por la barbarie, es ahora custodiada y cautiva por barreras y carabineros a caballo con lanzas. Ya no te puedes acercar, no puedes cruzarla caminando divisando a los ministros y parlamentarios o darte cita en el patio de los naranjos. Es sólo un cuartel y grafica en nuestro tiempo la distancia del ciudadano con los dirigentes. Llevé a mis hijas a la plaza y les expliqué cómo era antes ese lugar, esa plaza ciudadana con ecos de una democracia griega, espacio de encuentro y diálogo.
Y así ha sido esta bitácora de siete meses, este recorrido a contracorriente, como ha sido siempre mi vida, presentadas en copias de platino y paladio, proceso artesanal que dejó de usarse en los años 30 por costo y dificultad, resucitada en los 80 por Irving Penn y Kenro Izu. Hace tiempo que buscaba utilizar este proceso, considerado el mejor y más durable en blanco y negro, pero desistía ante la dificultad. Fernanda junto a Isabel Fernández acometieron la tarea y durante un año buscaron y exploraron las características de la técnica y finalmente son las que hicieron las copias, creo que por vez primera vistas en nuestro país. Confié mis negativos en sus manos, algo que nunca había sucedido antes, y ellas con sensibilidad y perseverancia nos han dado este hermoso regalo que vemos hoy.
Mi trabajo de memoria, es así coherente con la técnica fotográfica de mejor conservación que conocemos. Apuesto también por la casi infinita gama tonal y la recuperación de un proceso artesanal que la industria no pudo superar.
Contracorriente el proceso, las imágenes y quienes aparecen en ellas, son hermanos y familia en el desafío de no aceptar un mundo impuesto.

Luis Poirot
Fotógrafo
Agosto de 2017

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