Septiembre 2021

Hugo Marín

TIERRA

HUGO MARIN / TIERRA

Quisiera hacer el ensayo de acercarme a la obra de Hugo Marín sin disertar sobre el tiempo; pero es imposible. Transversal a todo su corpus creativo está la búsqueda del no tiempo, del absoluto que en su reloj sin manecillas cambia siempre y permanece el mismo, en ese fluir de aguas en que se bautizó Heráclito y que también podemos llamar eternidad. Sus búsquedas filosóficas le llevaron a la tierra como medio de expresión de lo metafísico, reivindicando en su obra lo hecho en barro por las antiguas civilizaciones prehispanas, asiáticas y africanas. Buscó expresar en sus trabajos la tensión-unión entre la tierra y lo celeste, y también utilizó tierra como materia prima para construir buena parte de su corpus tanto escultórico, como bidimensional. Riquísimo en mestizaje, en citas, en intertextualidad, el universo creativo de Hugo Marín es un espacio de gran libertad formal, lo que hace de su trabajo un objeto siempre joven, contemporáneo, tanto por las materialidades con las que construyó su arte, como por las pulsiones filosóficas y creativas que lo animaron.

Ambas dimensiones: la profundidad filosófica de su obra y la maestría en su oficio de 70 años de hacer, son la puerta abierta a un mundo imaginativo inagotable, mágico en su utópica Lemuria, profundo en su meditación sobre el ser de las cosas, bello en su síntesis de texturas y formas, donde la tierra es su materialidad predilecta, a veces para mostrarla en su rotundez barrosa, a veces para disfrazarla de negro metal o porcelana blanca.

Que oportuna nos parece la invitación del Bodegón Cultural de Los Vilos, en esta época de globalización de la incertidumbre y del descontento, a revisar el arte de Hugo Marín, por su insistencia en la individualidad que es sinónimo de autoconocimiento (y no de individualismo), por su llamado a la espiritualidad, y por su acento tan América de raíces, tan abridor de mundos, tan danza en la fluidez del cambio.
La obra visual de Hugo Marín es un cataclismo en constante expansión, que invita al observador a salir de sus certezas, desplegando ante él su abanico de mundos posibles y de aparentes texturas. Así ha ocurrido desde sus primeras obras en la década de 1950, cuando luego de haber consumado la técnica del esmalte sobre metal, se entrega de lleno a la pintura, creando también obras polimatéricas, ensamblajes de madera, de cartón, de fibras y materialidades diversas, entre las que destaca el cuadro expuesto en la presente muestra “Composición con grafito y cordones” (1961), realizado con tierra de color, arena, grafito aglutinado con cola y fibras vegetales, paso seguro a la volumetría de sus personajes de cemento, paja y barro (otra vez la tierra) de mediados de la década de 1960, que Marín llamó “esculturas efímeras”, expuestas en Santiago en 1967. A comienzos de la década de 1970 nacen sus esculturas de cuero, personajes totémicos, hieráticos, premonitores de tiempos de mucha violencia, de ahí su nombre “Los que vienen”, expuestos en la ya mítica “Casa de la Luna Azul”, en la calle Villavicencio en Santiago, y en la muestra “Imagen del Hombre Hoy”, colectiva inaugurada en 1971 en el Museo de Arte Contemporáneo. Sus esculturas de papel maché de la década de 1970, dejan paso a las reconocidas volumetrías de barro, que hunden sus raíces genealógicas en el rico arte del mundo prehispánico, como “Dignatario” (1988) o “Chamán del Cactus” (1987), ambas presentes en esta muestra. La constante evolución de su obra, en su exhaustiva investigación de nuevas materialidades, tiene que ver en un sentido último con el derrumbe de las estructuras mentales, con la tabula rasa que el propio Marin practicaba de cuando en cuando en su propia creación, que para poder mantenerse viva debía empezar de nuevo siempre.

Pero hay una constante: su anhelo de trascendencia encontró en la tierra un fértil medio expresivo hasta el final de su producción, sobre todo escultórica, aglutinando greda, grafito, tierras de colores y fibras vegetales con cola. Tierra y cielo: En Marín no podemos hablar de lo uno sin lo otro. En “Niños Indigo” (2005), grandes volúmenes de barro vestidos de azul-mezclilla, la tierra levita, se trasciende, se hace cielo.
En la obra de Hugo Marín, desde sus esmaltes de la década de 1950, los niños como símbolo de renovación y trascendencia juegan un rol permanente. Están los niños-sapos, los niños-cangrejos, los niños-índigos, el niño-avatar , la “Niña del Plomo”, los niños-sicarios, la “Guagua Roja” y la “Guagua Blanca”, piezas fundamentales de la escultura en barro de Hugo Marín, presentes en esta muestra, y que son la suma del asombro y lo cándido, y también un retrato del propio artista, que en su dimensión creativa, como un niño, ve todo “como por primera vez”. Tierra, cielo, y lo de en medio, lo que une ambos planos, el ser humano en su dimensión de prístino asombro, el hombre-niño, el hacedor de juego.
Los juegos de pelota que Marín incorporó a su corpus creativo a lo largo de las dos últimas décadas de producción, entre los que destaca el mural pintado en pliegos de papel de embalaje presente en esta muestra, de siete metros de largo, representan en su imaginario la unión de lo de arriba y lo de abajo, son danzas rituales en un espacio de libertad absoluta. La libertad del juego, en cuya gratuidad están cifradas las reglas de toda búsqueda espiritual, y también las claves de la creatividad artística, el eterno noviazgo entre la tierra y el cielo.

Replanteándonos todo, el artista nos muestra que la tierra es cielo, el la diviniza a través de su hacer poético y nos la presenta como madre tierra, Pachamama, y como fuerza genitiva en su “Totem Femenino”, importante cuadro de 1989 esgrafiado sobre barro.

La tierra es omnipresente en la obra de Hugo Marín, tanto como materialidad, y también como motivo de expansión filosófica. Muchos creen hoy que la Tierra nos está hablando de nuestros equívocos con signos inequívocos. Marín en su obra estuvo en constante escucha de las vibraciones de la Tierra, y se enamoró de su fuerza transformadora. Ya en sus años juveniles trató de retratar las fuerzas telúricas, y siguió haciéndolo en las últimas décadas de su producción, con sus “Terremotos” y también con sus “Volcanes”, en los que expresó a nuestro continente de sacudones, de desgarros, de abismos, en la violencia volcánica de la columna vertebral de América, cifrada en esos vasos comunicantes que lanzan al cielo las entrañas de la Tierra: el Citlaltépetl, el Misti, el Chaitén, el Imbabura, en los que Marín veía centros energéticos de una entidad viva, la Tierra, con su rojo palpitar.

En la historia del arte latinoamericano no hay otro artista que haya investigado las posibilidades plásticas de la tierra con la profundidad y extensión que lo hizo Hugo Marín; por esta razón la presente muestra en el Bodegón Cultural de los Vilos es una gran oportunidad para revisitar su obra hecha de tierra, asombro y cielo.

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